¿A dónde fueron las historias? De cómo los duendes salvaron su aldea.

Parte 1 | Las historias vienen en pequeños recipientes

Mucho antes de la escritura, existía una mujer tan sabia que tenía en su mente todas las historias del universo. Su conocimiento era de tal magnitud que todas las personas asistían a su hogar para escucharla hablar; sin embargo, empezó a envejecer y a perder su potencial. Ella, con la bondad que la caracterizaba, decidió escribir todas sus ideas en un pergamino que ocultó en una hermosa caja de madera de roble con una leyenda que decía: “Solo los verdaderos contadores podrán vivir la magia de las historias”.

Pasaron los siglos y, a pesar de que la caja ya no era un misterio, nadie había podido abrirla. Lo intentaron los gigantes, pero tenían el ego demasiado grande para merecerla; las brujas y los magos, aunque sus hechizos tampoco les funcionaron; las sirenas, las ninfas, los minotauros, las arpías… Todas las criaturas hacían fila para ver si eran dignos del tesoro de la antigua sabia. De repente, una pequeña del tamaño de una mano llegó a la primera posición en la fila, era del color de una mora que no ha llegado a la madurez, se veía sofisticada pero casual, Mágica era su nombre. Mágica pertenecía a la aldea de los duendes.

Era una villa con poco más de cincuenta casitas de techos morados y jardines con lavandas y petunias. Desde el cielo parecía una gran mancha dejada por la caída de una uva gigante. Los duendes eran conocidos por hacer regalos todas las navidades; sin embargo, también tenían fama de habladores, charlatanes y juguetones.

“Mágica no será digna de la caja”, dijo una sirena; “ese color no les favorece a sus zapatos”, murmuró una bruja; “ni siquiera alcanza la caja”, gritó el gigante. Y era verdad, tuvo que ubicar un pequeño bloque para llegar a la altura del tesoro. Inmediatamente puso sus manos sobre él, sintió una energía fuera de lo normal: la tierra temblaba mientras salía una luz dorada del cofre; la leyenda ya no era la misma, ahora decía: “Vive la magia de estas historias”. Mágica estaba sorprendida y emocionada. No podía esperar para contarles a sus amigos.

¿A dónde fueron las historias? De cómo los duendes salvaron su aldea.

Parte 2 | ¿A dónde fueron las historias?

Mágica llegó a la villa con las buenas noticias: ahora los regalos no irían solos, estarían acompañados de historias: ficción, terror, alegría, amor, dolor, tristeza, reflexión… ¡Todos los temas del mundo!

Los duendes celebraron con una noche de fiesta a la que bautizaron Martes de Magia; comían, bailaban y se reían. Desde ese momento, la villa cambió y se convirtió en un sitio amado por las demás criaturas: ahora los duendes no solo eran juguetones y charlatanes, eran contadores de historias.

Pasaron los años y no había un rincón del planeta en donde no supieran de la existencia de estos pequeñitos seres que emocionaban con lo que contaban: lo hacían en postales, videos, imágenes preciosas. ¡De todas las formas posibles!

Una noche cualquiera, Mágica se levantó preocupada por la Navidad que se avecinaba. Era algo normal en ella, así que fue a mirar el pergamino para definir las historias que iban a contar. ¡Oh, sorpresa! Habían llegado al final del antiguo documento, pues la última narración la habían compartido el año anterior.

Mágica estaba angustiada y desesperada: no sabía qué hacer. Activó la alarma de emergencia y por el megáfono citó a los duendes en la plaza principal.

Mis duendes, tenemos una crisis de historias —dijo—. Ya usamos todas las del antiguo pergamino, ¿qué vamos a hacer?

Los duendes se miraban angustiados. El equipo de duendes escritores era el más preocupado; los que diseñan empezaron a llorar y ni qué decir de los artistas visuales, habían entrado en un colapso. Mágica intentó calmarlos a todos, aunque reconocía que estaba en grandes apuros: —No se preocupen, que juntos encontraremos una solución —repetía hasta el cansancio. Con esto en mente, citó a una reunión especial a todos los duendes que lideraban los equipos de historias.

Asistieron Milaca, quien lideraba el equipo de escritores; era una duende con una voz de locutora y gran capacidad de jugar con las palabras. Liyusa, la genia del diseño tenía un cierto problemita con la pronunciación de la “R”; sus postales de Navidad eran conocidas por la diversidad de formas y colores.

¿A dónde fueron las historias? De cómo los duendes salvaron su aldea.

También asistieron Laupa, la duende que miraba el mundo a través de lentes y descubría las historias en las imágenes. Rovénica, quien no perdía oportunidad para conversar con las personas y solucionar sus problemas navideños. Asmule, el duende que se encargaba de que todo el mundo conociera la villa. Atani, encargada de decorar los hogares con luces y colores cuando llegaba la fecha especial. Anjuoj, quien no se perdía detalles del estado de las postales y los regalos. Iviv, aquella que administraba los recursos de la aldea; y, por supuesto, Mágica.

Mágica inició esta reunión con una pregunta muy particular: —¿A dónde fueron las historias?, ¿dónde las podemos encontrar? —Nadie hablaba, así que continuó.

—Lo que estamos viviendo hoy es muy grave. ¿Cómo vamos a vivir en un mundo sin historias?, ¿qué vamos a comunicar? La gente esperaba Navidad no solo por nuestros regalos, querían conocer nuestros relatos, emociones… ¿Ahora cómo les decimos que ya no tenemos más para decir? Estoy muy triste, mis duendes.
—¿Y si hacemos una lluvia de historias? —mencionó Anjuoj.

Y así empezaron. El problema es que todas las historias que mencionaban ya las habían contado antes y no encontraban una novedosa. Mágica se sentía desamparada. —Nuestra aldea caerá en ruinas y, lo peor, la Navidad se irá con ella —dijo.

Milaca estaba concentrada escribiendo cuando tuvo una idea.

―Ya sé, ¿y si de verdad las historias hay que buscarlas? Me explico: si contamos la historia de la princesa que vivía feliz en su castillo, pues es porque alguien conoció una princesa. Tal vez, si salimos, las podremos encontrar.
―Es bgillante lo que dices ―afirmó Liyusa.
―Yo estoy dentro ―dijo Laupa.

Todos los demás líderes aceptaron la invitación. Aunque Mágica tenía una pequeña preocupación que transmitió a los duendes: ―Bueno, ¿y por dónde empezamos?

Solo los verdaderos contadores podrán vivir la magia de las historias.
¿A dónde fueron las historias? De cómo los duendes salvaron su aldea.

Parte 3 | Un bosque de descubrimientos

Rovénica había estado un poco pensativa y callada, lo que no era muy usual en ella. De un momento a otro se iluminó su cabeza: ―Vamos al bosque.
―¿Al bosque?, ―gritaron todos al unísono.

Los duendes le temían al bosque porque no sabían qué podían encontrar.
―Si vamos todos juntos, nada nos puede pasar ―aseguró Asmule.
―Bueno, déjenme que yo consigo los equipos de seguridad ―dijo Atani.
―Y yo me encargo de la comida ―siguió Iviv.

No había más que discutir. Mágica dio la orden y los duendes comenzaron a prepararse para su nueva aventura.

Mientras caminaban en medio de la alta hierba, iban cantando:
―¿Quiénes somos?
―Los duendes.
―¿Qué hacemos?
―Magia.
¿Qué buscamos?
Historias.

Después de cinco horas de caminata, decidieron armar el campamento en una pequeña montaña que se encontraron. Mágica les preguntó por las historias que descubrieron:
―Vi una magiposa que se posó sobge una flog y empezó a alimentag a otga ―dijo Liyusa.
―Las hormigas son más grandes de lo que pensaba. Eran del tamaño de mi dedo ―dijo Anjuoj.
―Las raíces de los árboles se abrazan las unas a las otras. Tal vez, por allí se comunican sentimientos ―contó Milaca.
―Me gustó ver cómo los rayos del sol pasan entre las hojas creando unas pequeñas líneas de luz ―comentó Iviv.

Mágica aún no sentía que eran historias completas. Sí, sabía que eran imágenes muy preciosas, pero aún no había nada que la emocionara.

En la aldea de los duendes, todos son diferentes

Tristes y decepcionados, los duendes pensaron que no había solución y que la Navidad, tal cual la habían creado, estaba destinada a desaparecer.
―A mí me angustia mucho porque todas las noches yo les contaba estas historias a mis tres pequeños. El mayor está aprendiendo a leer, entonces me ayuda con los otros dos. A veces, los cuatro nos quedamos dormidos y nos despertamos con dolores en el cuerpo por las extrañas posiciones en que quedamos. ¿Ahora qué historias contaré? ―dijo Atani.
―Ya que hablas de hijos, mi perrito es mi compañero de vida. Cuando estoy escribiendo, él está ahí a mi lado, a veces me ladra con tanta fuerza que creo que me está contando algo. Ojalá pudiera tener un traductor de peluditos ―dijo Milaca.
―¿Qué tanto tendrán por contarnos los animalitos? Cuando voy por ahí tomando fotos, me hago una pregunta similar: ¿qué dirían las cosas si hablaran? ¿Cuántas historias tendrá el poste de luz que hay en la calle camino a mi casa? Las veces que llegué triste o en las que se me cayó el batido ―dijo Laupa.
―Y no solo eso, Laupa, ¿qué contaríamos si pudiéramos recordar todos los lindos momentos con detalles? Por ejemplo, el día de la pedida de mano de mi esposa fue un momento hermoso, pero yo estaba tan asustado que no recuerdo la mitad de las cosas ―dijo Asmule entre risas.

Mágica estaba cada vez más emocionada. A cada palabra le encontraba un sentido, una nueva idea, un sentimiento. Todos seguían contando anécdotas de su vida, hasta que llegó un momento en el que los detuvo con un grito: ―¡Salvamos la Navidad!

¿A dónde fueron las historias? De cómo los duendes salvaron su aldea.

Parte 4 | Estamos hechos de historias

¡Salvamos la Navidad!, lo logramos, lo hicimos ―gritaba Mágica.

Los duendes se miraban confundidos, pues no entendían a qué se refería.

―Mágica, cuéntame qué entiendes tú por salvar la Navidad, para saber si tenemos la misma definición ―dijo Rovénica.
―A ver, mis duendes adorados… ¿Dónde hemos buscado las historias siempre? En el pergamino, ahora en el bosque, luego… ¿Qué seguirá? ¿En el mar?, ¿en los nevados?, ¿en las civilizaciones antiguas? Es muy desgastante para todos. ¿Qué lugar no físico nos falta por explorar?

De nuevo, sin saber qué decir, los duendes desviaron la mirada.
―Ja, ja, ja. Sé que es muy difícil tener una respuesta ya; pero la tienen ahí, enfrente de ustedes… Las historias están dentro de cada uno ―dijo Mágica―. El perrito de Milaca, la pasión fotográfica de Laupa, los hijos de Iviv y Atani, la boda de Asmule, los detalles de Anjuoj, el temperamento de Liyusa, la imprudencia de Rovénica… Cada uno tiene su propia historia ―concluyó.

Como si de una epifanía se tratara, el centro de las ideas duendísticas se volvió a activar. Propuestas rodaban por aquí, por allá. Ahora sabían que las historias nunca se iban a terminar. La noche cerró con sonrisas y magia.

¿A dónde fueron las historias? De cómo los duendes salvaron su aldea.

Al día siguiente regresaron a la villa y vieron a los demás duendes un poco apagados, así que convocaron a una reunión en la plaza principal. Mágica tomó la vocería e inició con una frase: “Estamos hechos de historias”. Solo bastaron cuatro palabras para que los rostros de todos volvieran a la normalidad.

Hablaban más entre ellos, se entrevistaban, se reían: la aldea era un juego permanente. La Navidad, como siempre, se vivió con gran amor y calma: todo fluyó sin problemas. A fin de cuentas, ya sabían que nunca más iban a estar en apuros.

Pasadas las fiestas, Mágica tomó el pergamino de la antigua sabia y decidió agregar algo más a la lista: “Cuando llegues al final de este compendio de anécdotas, recuerda que somos historias y que estas nunca se acabarán”.

Cerró el cofre y regresó entusiasmada a su aldea.

Fin.

¿A dónde fueron las historias? De cómo los duendes salvaron su aldea.

Este cuento de Navidad ha sido posible gracias a la magia y la inspiración de Juan Diego Buitrago en las letras, y de Alejandro Díaz y Mateo Isaza en las ilustraciones. Agradecimiento especial a Tania Villegas.