Del slow movement a la comunicación lenta

¿Estamos reflexionando sobre las historias que contamos?

Tenemos que ir muy rápido. Sin importar por dónde lo miremos, nuestra relación con el tiempo es cada vez más apremiante: desde la presión profesional que nos dicta que ‘no hay un mañana’ para un pregrado, posgrado, curso de actualización y mil categorías más para el perfil de LinkedIn, hasta la presión personal mediada por una sociedad que nos recuerda con un martilleo incesante que la felicidad solo se encuentra cuando llevamos vidas de moldes.

Quizás, por esto, en los 80 comenzaron a surgir preguntas acerca de si el ritmo de la vida debía medirse por estaciones o con cronómetro. Fue ahí cuando comenzó el slow movement, que no se trata de hacer todo lento (tampoco tan literal), sino de nuestro derecho a controlar los ritmos de la vida, ganando en autonomía y decidiendo cuándo acelerar o hacer una pausa en determinado contexto.

En este sentido, lo ‘slow’ es una filosofía que busca la mesura para disfrutar a profundidad las experiencias de la vida y, por consiguiente, reducir el impacto en nuestro planeta.

Ahora, el slow movement ha permeado otras esferas de la vida: con el slow food que busca el consumo local, las slow cities que luchan contra el urbanismo descontrolado y el ritmo de las metrópolis hasta llegar a la slow media, o comunicación lenta.

Esto no es nuevo pero, sin duda, es una reflexión vigente.

Comunicación lenta: una reflexión para las marcas

Hoy, mientras pausamos el pódcast a los 15 minutos, escribimos tuits de 280 caracteres, o deslizamos las stories sin siquiera mirarlas, vale la pena volver a la comunicación lenta para preguntarnos como marca qué es lo que estamos aportando.

Hablar de comunicación lenta es cuestionarnos acerca de la opulencia, de una forma de comunicar que no admite reflexión sobre las ideas, productos o servicios que vendemos; que no se detiene a pensar si ya fue suficiente o si se entendió el mensaje desde la primera vez. Una comunicación soportada en presupuestos exponenciales de pauta y en una frecuencia de impactos tan alta como sea posible.

Pero, ¿cómo darle lugar a la comunicación lenta? En su definición, sin duda, hay parte de la solución: reflexionando acerca de los fondos y las formas. Aquí algunas recomendaciones:

  • Profundicemos en los matices: muchas veces, la historia que estamos contando, la campaña que es tamos planeando o el lanzamiento que está a punto de ocurrir, tiene otras facetas por explorar que nos permitirían incrementar el valor percibido de un mismo mensaje.
  • Busquemos lo narrativo y lo estético: cada marca tiene un universo de posibilidades para relacionarse con lo bello. Ahí, además de ser atractivos, podremos ser relevantes.
  • Prioricemos la creatividad, la calidad y el deseo de hacerlo perfecto: calidad (en serio) antes que cantidad.

Al final, llegar a la comunicación lenta no significará hacerle un ritual a la lentitud o desacelerar cada uno de los canales y medios de la marca. Consistirá, por encima de todo, en una toma de conciencia crítica acerca de los excesos y los ritmos vertiginosos. 

No nos queremos ir sin antes dejarles un referente de buenas historias que, además, nos dejan un mensaje para recordar como sociedad: solo es progreso si progresamos todos. Brillante, La Caixa.